Raiden Tameemon es un luchador de sumo legendario del periodo Edo que, en la obra Shūmatsu no Valkyrie, es considerado por todos como el luchador de sumo más fuerte de los dos mil años de historia del deporte y es conocido como el “luchador incomparable”.
Raiden Tameemon es un hombre guiado por las tres grandes necesidades humanas: hambre, sueño y deseo sexual.
En el Ragnarok, justo antes de su combate, aparece tras haber comido enormes cantidades de comida y durmiendo desnudo junto a varias mujeres, lo que lleva a Göll a describirlo como la “encarnación del deseo”.
A pesar de su apariencia monstruosa y su poder abrumador, Raiden es de corazón bondadoso.
Tiene un gran sentido de la justicia y un profundo deseo de proteger a los débiles.
Su muletilla al hablar es la expresión peculiar “ometai”, que utiliza con frecuencia.
Este rasgo verbal contrasta con su imagen de coloso del ring, dándole un aire cercano y casi campechano.
Raiden nació con una condición anómala que hacía que sus músculos se desarrollaran de forma excesiva y descontrolada.
Durante la infancia, la presión generada por esos músculos llegaba a fracturarle los huesos, convirtiendo su propio cuerpo en una amenaza para sí mismo.
Para mantener el equilibrio de su cuerpo, desarrolló un nuevo tipo de musculatura llamado “Hyakkei” (cien cierres).
Este sistema muscular extra tenía la función de “sellar” y contener sus músculos desbocados, impidiendo que lo destrozaran desde dentro.
Incluso con los músculos sellados por el Hyakkei, Raiden poseía una fuerza monstruosa muy por encima de cualquier ser humano normal.
Los niños del entorno comenzaron a temerlo y a llamarlo “monstruo”, lo que marcó profundamente su infancia.
De niño, Raiden odiaba a los dioses por haberle dado un cuerpo tan diferente y aterrador.
Se resentía al no poder ser “normal” como los demás niños de su aldea.
Sin embargo, las palabras de su madre cambiaron el rumbo de su vida.
Ella le enseñó que debía usar su fuerza en favor de los débiles, no para lastimarlos.
Gracias a este consejo, Raiden decidió usar su poder para proteger a los demás.
Se convirtió en una persona de carácter amable y generoso, querida por la gente de su aldea, y llevó una vida relativamente pacífica a pesar de su extraordinaria condición física.
La gran erupción del monte Asama desencadenó la hambruna de Tenmei, que azotó duramente la región de Shinano y a su aldea natal.
Raiden, desesperado por salvar a su pueblo del hambre, decidió ir a Edo y convertirse en luchador de sumo para ganar dinero y comida.
Llegó a la capital y entró en el establo de sumo de Urakaze.
Allí tuvo su primer entrenamiento de choque contra el famoso luchador Tanikaze Kajinosuke.
En sus primeras prácticas, Tanikaze lo derribó una y otra vez.
En lugar de frustrarse, Raiden descubrió en esos choques la auténtica diversión del sumo: por primera vez podía enfrentarse a alguien sin contenerse del todo.
Tanikaze se convirtió en su maestro y lo sometió a un régimen de entrenamiento exhaustivo.
Raiden, fascinado por un deporte en el que podía usar su fuerza sin miedo, se entregó por completo a perfeccionar su sumo.
En su debut oficial en el dohyo (ring de sumo), Raiden arrasó desde el primer combate.
Derrotaba a sus rivales con un solo impacto, ganándose el entusiasmo absoluto del público.
Las victorias se acumulaban y el dinero comenzaba a llegar.
Con sus ganancias, Raiden mandaba regularmente dinero y alimentos a su pueblo natal, convirtiéndose en un rayo de esperanza para una Japón devastada por la hambruna.
Su fuerza era tan descomunal que, incluso limitada por el Hyakkei, se situaba a años luz del resto de luchadores.
Con el tiempo, muchos lo consideraron el emperador indiscutido del dohyo, un monarca del ring durante más de veinte años.
Debido a su absoluta superioridad, cuatro técnicas concretas de su repertorio se convirtieron en prohibidas: los bofetones al rostro (harite), los empujes directos con las manos (teppo), la técnica de llave de brazos (himawari/“candado”) y la presa conocida como sabaochi (doblar al rival por la espalda, casi partiéndolo en dos).
Incluso después de que estas técnicas fueran consideradas ilegales, Raiden siguió ganando de manera aplastante.
Su nivel era tal que, en la historia del sumo, se le reconoce como un ser prácticamente invencible.
Por ello, fue apodado “muri ryokishi”, el “luchador sin igual”, una figura más allá de toda comparación humana.
En un combate concreto, Raiden notó el miedo absoluto reflejado en el rostro de su oponente.
En ese instante recordó su infancia, cuando los otros niños lo llamaban “monstruo” y huían de él.
Afectado por ese recuerdo, perdió el combate.
Esa derrota no se debió a falta de habilidad, sino a un conflicto interno sobre el verdadero significado de su fuerza.
Aquella noche, Tanikaze fue a verlo, convencido de que Raiden se había dejado ganar y dispuesto a reprenderlo.
Antes de que pudiera hacerlo, Raiden rompió a llorar y abrió su corazón a su maestro.
Confesó que sus padres le habían enseñado a usar su fuerza en defensa de los débiles.
Sin embargo, en el sumo, sin darse cuenta, se había convertido de nuevo en lo que más detestaba: alguien que asustaba y aplastaba a los más débiles.
Raiden se dio cuenta de que, a ojos de muchos, se estaba comportando como un abusón con poder desmedido.
Pero también sabía que el sumo era la única forma que tenía de enviar dinero a su aldea, por lo que renunciar a la lucha no era una opción.
Como compromiso, tomó una decisión extrema.
Para no destruir a sus rivales ni seguir siendo un “monstruo”, decidió por voluntad propia sellar y dejar de usar sus cuatro técnicas más letales: harite, teppo, el candado de brazos y el sabaochi.
Incluso con estas “cuatro prohibiciones” autoimpuestas, siguió ganando de forma abrumadora.
Continuó enviando dinero y alimentos a su aldea, manteniendo su promesa con los suyos y con el ideal de proteger a los débiles.
Tanikaze y otros luchadores que lo vieron crecer se lamentarían con el tiempo.
Sabían que jamás fueron capaces de soportar ni una sola vez el auténtico poder a plena capacidad de Raiden, y se arrepentían de no haber podido recibir su sumo verdadero.
En Shūmatsu no Valkyrie, Raiden Tameemon es elegido como uno de los representantes de la humanidad en el Ragnarok.
Allí se enfrenta al dios Shiva, uno de los dioses más temibles del panteón.
En la arena del Ragnarok, Raiden ya no se limita solo al sumo tradicional.
Incorpora técnicas de distintos estilos de combate, mostrando una versatilidad brutal en la lucha cuerpo a cuerpo.
Cuando se enfrenta a la abrumadora fuerza de Shiva, Raiden no se desanima.
Al contrario, se ilumina con una sonrisa radiante al darse cuenta de que, por fin, tiene enfrente a alguien contra quien puede pelear a plena potencia.
Hasta ese momento, en toda su vida, nunca había podido desatar su poder sin reservas.
El Ragnarok se convierte en la primera oportunidad de su existencia para mostrar su sumo completo, sin sellos ni restricciones autoimpuestas.
Su arma divina es una fusión con la valquiria Thrud mediante el proceso llamado forja de arma divina.
El resultado de esta unión es el artefacto “Super Exoesqueleto de Ligadura Muscular”, una especie de sistema que le permite controlar por completo sus músculos desbocados.
Con este exoesqueleto muscular, Raiden logra por fin domar la fuerza que antes era incontrolable.
Gracias a ello, puede manipular sus músculos a voluntad, concentrando la potencia de todo su cuerpo en los brazos o en las piernas según lo necesite.
La nueva arma no solo le otorga control, sino también acceso total a su fuerza real.
Por primera vez puede liberar, sin reservas, las técnicas que había sellado en vida, incluidas las “cuatro prohibiciones”.
Con el control que le brinda Thrud y el exoesqueleto, Raiden rompe el sello de sus cuatro técnicas prohibidas.
En el combate contra Shiva, muestra su sumo auténtico, brutal y sin freno, dejando ver el potencial que nunca pudo revelar en vida.
Utiliza un movimiento de ultravelocidad muscular gracias a la arma divina, redistribuyendo su masa y potencia en instantes.
Este esfuerzo extremo, sin embargo, tiene un precio: el cuerpo de Raiden empieza a desmoronarse bajo la presión de su propio poder.
Consciente de que el uso máximo de sus músculos lo está destruyendo, Raiden no se detiene.
Habla con Thrud y le pide que continúe controlando sus músculos aunque eso signifique arriesgar su propia vida.
Le confiesa que, durante toda su vida, traicionó de algún modo al sumo que tanto amaba al contenerse continuamente.
Ahora, por primera vez, quiere practicar ese sumo de verdad, aunque tenga que pagar con su existencia por ello.
La batalla entre Raiden y Shiva se convierte en uno de los duelos más intensos del Ragnarok.
Ambos luchan con todo lo que tienen, empujando sus cuerpos y espíritus hasta el límite absoluto.
llegado un momento, se vuelve evidente que la derrota de Raiden es inevitable.
Sin embargo, él no se siente frustrado, sino agradecido.
Raiden agradece a Shiva el haberle permitido luchar sin arrepentimiento alguno.
Gracias a este combate, pudo experimentar por primera vez lo que es dar absolutamente todo en el dohyo.
Para no arrastrar a Thrud a su destrucción, Raiden le pide que cancele la forja del arma divina.
Quiere morir sin causar daño a la valquiria que le ayudó a cumplir su sueño.
Thrud se niega a abandonarlo.
Declara que permanecerá a su lado hasta el final, compartiendo su destino sin dudarlo.
Raiden, con una sonrisa, la llama una mujer excepcionalmente buena mientras su cuerpo se convierte en luz.
Así desaparece del campo de batalla, habiendo ofrecido su vida por el amor al sumo y la oportunidad de mostrar al mundo su verdadero poder.
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